De Pacto a Testamento
¿Es realmente un «Antiguo» Testamento? Históricamente, el cristianismo ha utilizado este título para describir los textos sagrados escritos antes de la venida del Mashíaj. Sin embargo, debemos preguntarnos si esa perspectiva refleja su verdadero valor.

Pero detengámonos a pensar: ¿dónde se originó esta costumbre? ¿Es realmente un nombre apropiado para los textos sagrados? ¿Qué tanto puede influir un título preconcebido en nuestra comprensión de la Palabra? Acompáñanos a descubrir si existe un término correcto y original para referirnos a él.
Cómo la Religión Dividió la Palabra del Creador
El nombre que le damos a las cosas moldea profundamente la forma en que las entendemos. Durante casi dos milenios, el mundo religioso ha dividido la revelación del Creador en dos mitades irreconciliables: el «Antiguo Testamento» y el «Nuevo Testamento». A simple vista, parece solo una clasificación literaria inofensiva, pero en realidad, esta nomenclatura encierra una de las distorsiones teológicas más dañinas de la historia.
Creer que existe un documento «viejo» u obsoleto genera inevitablemente una desconexión en la mente del lector, haciéndonos pensar que lo «antiguo» y lo «nuevo» representan a dos administraciones distintas, dos planes de salvación diferentes o, peor aún, a dos «dioses» con caracteres opuestos. Pero esta división no podría estar más alejada de la verdad bíblica y de la mentalidad hebrea original.
«Porque yo YHVH no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.» — Malaquías 3:6
Si el Elohím de Yisra’el es inmutable, Su naturaleza, Su amor y Su instrucción tampoco cambian. Las Escrituras son un todo indivisible de principio a fin. Para comprender cómo llegamos a esta falsa separación y por qué debemos abandonar el término «Antiguo Testamento», es vital rastrear la evolución lingüística e histórica que fracturó la Palabra del Eterno.
La Evolución Lingüística: De un Pacto Vivo a un Documento Legal
El viaje hacia esta desconexión comenzó con una fascinante y trágica evolución lingüística mucho antes de la era del Mashíaj.
En las Escrituras hebreas originales, la palabra utilizada para describir la relación sagrada entre el Creador y Su pueblo es B’rit (בְּרִית). Como hemos estudiado, un B’rit no es un contrato civil; se traduce estrictamente como un pacto de sangre, una alianza inquebrantable o un compromiso relacional de vida o muerte.
Sin embargo, cuando los eruditos tradujeron las escrituras hebreas al griego (la Septuaginta), se enfrentaron al desafío de encontrar una palabra equivalente. Eligieron el término griego diatheke (διαθήκη). Esta decisión lingüística fue monumental y sembró la semilla del error. Mientras que diatheke puede usarse para un pacto, en el griego común de la época helenística se utilizaba casi de forma exclusiva para referirse a una «última voluntad y testamento» legal.
«Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade.» — Gálatas 3:15
Más tarde, cuando los textos salieron del mundo griego y penetraron en el mundo occidental, escritores de habla latina (como el abogado Tertuliano, a finales del siglo II) tradujeron diatheke al latín utilizando la palabra testamentum. Al hacerlo, Tertullian, desde su perspectiva legalista romana, consolidó para siempre en occidente la idea de un documento legal («testamento») que dicta herencias tras una muerte, borrando el concepto íntimo y relacional de un acuerdo de vida («pacto») garantizado por la sangre.
La Separación Conceptual: El Apóstol Pablo y el Velo
La raíz conceptual de separar lo «antiguo» de lo «nuevo» proviene directamente de los escritos del emisario Sha’úl (Pablo). En 2 Corintios 3:14, Sha’úl utiliza por primera vez la frase específica «antiguo pacto» (palaia diatheke en griego) para establecer un contraste teológico.
«Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por el Mashíaj es quitado.» — 2 Corintios 3:14
Sha’úl no estaba dividiendo la Biblia en dos libros, ni fundando una religión que anulara la instrucción de Moshéh. Él utilizó esta frase de manera puramente relacional para diferenciar el código escrito tallado en tablas de piedra en el Sinaí, de la nueva dispensación espiritual donde esa misma instrucción es escrita en el corazón mediante el Rúaj HaKódesh (el Espíritu). Lamentablemente, la cristiandad posterior tomó las palabras de Sha’úl fuera de contexto para categorizar y dividir físicamente las Escrituras en dos.
Marción de Sinope y la Batalla de los Dos Dioses
Mientras Sha’úl usó los términos para mostrar la profunda relación y transición espiritual entre ambos pactos, fue un teólogo del siglo II llamado Marción de Sinope (aprox. 140 d.E.C.) quien obligó a la iglesia incipiente a trazar líneas de batalla definitivas entre lo «antiguo» y lo «nuevo».
Marción desarrolló una teología radical, hereje y basada en un fuerte dualismo griego. Al leer las Escrituras sin un entendimiento hebreo, concluyó absurdamente que las enseñanzas de amor, perdón y gracia de Yeshúa eran incompatibles con las acciones justicieras y estrictas del Dios hebreo. Para resolver este conflicto en su mente, Marción comenzó a predicar que existían, de hecho, dos dioses distintos:
- El Dios del «Antiguo Pacto» (El Demiurgo): Un creador colérico, vengativo, estricto, legalista y sanguinario, caracterizado exclusivamente por la ira y el juicio punitivo.
- El Dios del «Nuevo Pacto» (El Ser Supremo): El Padre celestial que envió a Yeshúa, caracterizado exclusivamente por la misericordia, la compasión y un amor incondicional desprovisto de justicia retributiva.
Impulsado por esta aborrecible doctrina, Marción rechazó por completo las Sagradas Escrituras hebreas. Creó su propia Biblia fuertemente editada —el primer canon cerrado de la historia— que eliminaba cualquier rastro hebreo, cualquier referencia a Yisra’el y cualquier conexión con la Toráh.
«¿Luego por la fe invalidamos la Toráh? En ninguna manera, sino que confirmamos la Toráh.» — Romanos 3:31
Su movimiento herético se volvió inmensamente popular en el Imperio Romano y amenazó con fracturar la fe primitiva. Para defenderse del ataque de Marción, la iglesia ortodoxa se vio obligada a responder formalizando su propio canon bíblico. Unieron oficialmente las Sagradas Escrituras hebreas y los escritos apostólicos en un solo tomo físico.
Sin embargo, al hacerlo, la institución religiosa abrazó definitivamente los títulos de «Antiguo Testamento» y «Nuevo Testamento» para diferenciar las dos colecciones. Declararon que ambos revelaban al mismo y único Dios, pero dejaron entrever en sus dogmas una fatal concesión: la influencia dualista de Marción sobreviviría disfrazada en la teología de reemplazo.

El Fantasma de Marción: La Influencia en la Religión Actual
Es vital que comprendamos esto: la iglesia institucional expulsó a Marción, pero adoptó su forma de pensar. Hasta el día de hoy, el fantasma de Marción domina los púlpitos occidentales cada vez que se enseña que el «Antiguo Testamento» era una época de ira, condena y legalismo judío, mientras que el «Nuevo Testamento» es la era de la gracia gentil.
Esta mentalidad nos hace pensar que existe una desconexión real. Transmite la falsa idea de que lo «nuevo» invalida lo «antiguo», o de que el Eterno fracasó con Su primer pueblo (Yisra’el) y tuvo que improvisar una nueva religión («la Iglesia») con reglas más flexibles. Esto es una afrenta directa a la soberanía y sabiduría del Creador.
«No penséis que he venido para abrogar la Toráh o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.» — Mateo 5:17
Yeshúa fue categórico. Él no vino a fundar el «Nuevo Testamento» de Marción. Él vino a encarnar, cumplir y enseñar la correcta observancia de las Escrituras hebreas. Él es la manifestación visible de ese mismo Elohím que tronó en el Sinaí y que, con el mismo amor eterno, entregó Su vida en el madero.
Un Solo Pacto, Un Solo Pueblo, Una Sola Instrucción
Las Escrituras son UN todo de principio a fin, y deben ser entendidas de esta forma, ya que el Elohím de Yisra’el es el mismo ayer, hoy y por los siglos. No hemos comprendido cómo Elohím se manifiesta a Su pueblo si creemos que Él actuaría bajo un estándar de justicia en el pasado y bajo un estándar distinto de gracia en el presente. El madero no cambió a Elohím; el madero reveló el corazón que Elohím siempre tuvo desde el momento en que redimió a Nóaj por gracia y rescató a Yisra’el de Mitzrayim.
«Toda la Escritura es inspirada por Elohím, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Elohím sea perfecto…» — 2 Timoteo 3:16-17
(Nota: Cuando Sha’úl escribió estas palabras, el «Nuevo Testamento» no existía. Se refería exclusivamente a la Toráh, los Profetas y los Escritos).
Es tiempo de restaurar nuestro vocabulario, porque nuestras palabras moldean nuestra fe. Dejemos de hacer esta separación usando términos romanos que reflejan teología de reemplazo. Utilizar términos como B’rit (Pacto), Tanaj(Acrónimo de Toráh, Nevi’ím y Ketuvím), o Sagradas Escrituras, es infinitamente más preciso, bíblico y reverente.
No hay un testamento viejo a punto de caducar. Hay una sola y perfecta Instrucción (Toráh) dada por un Abba amoroso, redimida y escrita en nuestros corazones por la sangre del Mashíaj, con un solo propósito inalterable: que Su pueblo, el Yisra’el del Eterno, sea Santo, así como Él es Santo.
«Habla a toda la congregación de los herederos de Yisra’el, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo YHVH vuestro Elohím.» — Levítico 19:2
