
E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Elohím fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.»
Durante los primeros siglos después del Mashíaj, a medida que la fe fue separada de sus raíces hebreas y asimilada por el Imperio Romano, la teología comenzó a filtrarse a través del lente de la filosofía griega. De esta mezcla nació el dogma de la «Trinidad»: la idea de que Elohím está compuesto por «tres personas distintas». Aunque este concepto intentaba explicar la naturaleza del Creador, terminó limitando Su inmensidad e imponiendo una estructura humana y occidental sobre el Único Elohím de Yisra’el.
Bíblicamente, afirmar que Elohím se limita a «tres personas» es decir muy poco de Su grandeza. Él no está fragmentado; Él posee una plenitud infinita y se manifiesta de múltiples maneras según el propósito de Su voluntad y la necesidad de Su pueblo.
Ejad: El Clamor del Shemá
El fundamento absoluto de la identidad de Yisra’el no es una deidad dividida, sino una unidad indivisible. Esto fue establecido a través de Moshéh en el mandamiento más importante de toda la Toráh, el cual los profetas y el mismo Mashíaj nos llamaron a obedecer (hacer Shemá):
«Escucha (Shemá), Yisra’el: YHVH nuestro Dios, YHVH uno (Ejad) es.» (Deuteronomio 6:4)
La palabra hebrea clave aquí es Ejad (אֶחָד). Esta raíz significa «uno», indicando una unidad absoluta y perfecta. No hay un comité en los cielos tomando decisiones; hay un solo Mélej Soberano, Creador de los cielos y la tierra. Dividir a este Creador en entidades o «personas» separadas rompe el principio fundamental de Su revelación.
Múltiples Manifestaciones, Un Solo Elohím
A lo largo de las Escrituras, el Eterno nunca se presenta como tres personas. Más bien, el Único Elohím se ha manifestado de formas incontables para interactuar con Su creación. Él fue la voz que caminaba en el huerto, el varón que cenó con Abraham, la zarza ardiente ante Moshéh, la columna de fuego y nube en el desierto, y HaTzúr (La Roca) que los sustentaba.
Ninguna de estas manifestaciones era una «persona» separada del Abba; eran expresiones visibles del mismo Único Dios invisible. Cuando la humanidad perdida necesitaba desesperadamente salvación y redención, el Eterno se manifesto de la forma más íntima y tangible posible: irrumpiendo en Su propia creación en un cuerpo de carne.
«E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Elohím fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.» (1 Timoteo 3:16)
Yeshúa no es una «segunda persona» creada o separada. Como estudiamos anteriormente, Él es el Ben (el Heredero y Portador) en quien habita la Plenitud de la Deidad. Él es el Creador mismo visitando y redimiendo a Su creación.
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Ruaj HaKódesh: El Aliento, no un Tercero
El concepto de la «tercera persona» surge de una incomprensión de lo que las Escrituras llaman el Espíritu Santo. En hebreo, esto es el Rúaj HaKódesh (רוּחַ הַקֹּדֶשׁ).
La palabra Rúaj significa viento, aliento, o presencia invisible. No describe a un individuo ajeno, sino al propio aliento, poder y mente del Eterno en acción. Así como el aliento de un hombre no es una persona distinta al hombre mismo, el Rúaj de Elohím es Su propia presencia llenando a Su pueblo.
«¿A dónde me iré de tu Espíritu (Rúaj)? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» (Salmo 139:7)
Aquí, el salmista usa un paralelismo poético hebreo: el Espíritu no es alguien distinto a YHVH, es exactamente lo mismo que Su presencia.
Un detalle crucial que ha perpetuado esta confusión dogmática es la barrera impuesta por las traducciones modernas. Casi de manera intencional, con el fin de desconectar el texto de sus raíces hebreas originales —las mismas raíces que buscamos restaurar a través de La Raíz del Olivo—, muchas versiones occidentales tradujeron este término como «Santo Espíritu» en el Tanáj (el mal llamado «Antiguo Testamento»), y lo invirtieron a «Espíritu Santo» en los escritos del B’rit Jadasháh. Este sutil pero profundo cambio lingüístico hace que el lector casual no asocie los términos, creando la ilusión de que se trata de dos entidades distintas o de una «nueva persona» que aparece de repente, cuando en realidad las Escrituras siempre están hablando de la misma presencia inmutable del Creador.
Es mediante este Ruaj que el Eterno escribe Su instrucción (Toráh) en nuestros corazones al nacer de nuevo, capacitándonos para vivir en obediencia.
Volver a la raíz hebrea nos libera de tener que explicar dogmas matemáticos ilógicos heredados de Roma. La Escritura es maravillosamente simple en su profundidad: Hay un solo Abba (La Fuente), quien por Su infinito amor decidió manifestarse visiblemente como el Ben (El Portador/Yeshúa) para pagar nuestra deuda, y que hoy habita dentro de Su pueblo mediante Su Ruaj (Su Aliento y Presencia). Todo es obra, manifestación y plenitud del Único Dios de Yisra’el.

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