La Toráh
La Confusión de la «Ley»
«Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.»

«… que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo.»
Toráh vs Takanót (Mandamientos de Hombres)
Al leer el B’rit Jadasháh (Nuevo Pacto) en nuestras traducciones, nos enfrentamos a un problema lingüístico que ha sido la causa de incontables divisiones y falsas doctrinas. La palabra griega nomos fue utilizada por los traductores para referirse a la «ley». Sin embargo, en el contexto del primer siglo, esta misma palabra griega se utilizaba de forma generalizada para traducir dos conceptos hebreos que son radicalmente opuestos: la Toráh y las Takanót.
La Toráh es la instrucción perfecta y amorosa del Eterno, diseñada para la vida. Por otro lado, las Takanót (plural de Takaná) eran las leyes orales, reglas estrictas y tradiciones añadidas por los líderes religiosos (fariseos y escribas). Yeshúa fue implacable contra estas añadiduras humanas:
«Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.» – Mateo 15:9
El Problema: Torciendo las Escrituras
Debido a que las traducciones simplemente dicen «ley» en ambos casos, a los ojos del lector occidental sin contexto parece que el Mashíaj y sus Talmidím (discípulos) andaban quebrantando la instrucción del Eterno. Como advirtió el apóstol Kéfa (Pedro) sobre aquellos que no conocen la Toráh, al no entender el contexto, «los indoctos e inconstantes tuercen» las Escrituras para su propia perdición (2 Pedro 3:16).
Un ejemplo clásico de esta distorsión ocurre en el famoso debate sobre el Shabbat, cuando los discípulos recogen alimento en el campo:
«En aquel tiempo iba Yeshúa por los sembrados en Shabbat; y sus discípulos (Talmidím) tuvieron hambre, y comenzaron a arrancar espigas y a comer. Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo.» – Mateo 12:1-2
Quienes tuercen la Escritura afirman que aquí Yeshúa estaba aboliendo la «ley» del Shabbat. Sin embargo, según la Toráh pura, arrancar espigas con la mano en el campo del prójimo para saciar el hambre era un acto completamente lícito y permitido por el Eterno (Deuteronomio 23:26). Lo que los discípulos estaban quebrantando no era la Toráh, sino una Takaná (un mandamiento de hombres) que los fariseos habían inventado prohibiendo incluso arrancar una espiga. Yeshúa nunca pecó quebrando la Toráh; Él simplemente ignoró las pesadas reglas humanas que asfixiaban al pueblo.
«Cuando vengas a las mieses de tu prójimo, podrás recoger granos con tu mano; empero la hoz no podrás levantar sobre las mieses de tu prójimo» – Devarím 23:26
El Concilio de Jerusalén: Un Punto de Partida, No un Destino
Esta misma confusión sobre la «Ley» ocurre al interpretar el Concilio de Yerushalayim en Hechos 15. Cuando miles de creyentes de las naciones comenzaron a abandonar el paganismo para volver al Eterno, surgió un debate sobre cómo integrarlos. Los apóstoles emitieron un decreto inicial:
«Sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. Porque Moshéh desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada Shabbat.» – Hechos 15:20-21
La religión tradicional suele usar este pasaje para argumentar erróneamente que a los creyentes de las naciones se les eximió de guardar la Toráh y solo se les dieron «cuatro reglas». Pero esto es ignorar el contexto hebreo y el verso 21.
Estas cuatro instrucciones (abstenerse de ídolos, sangre, ahogado y fornicación) eran el requisito de pureza más urgente basado en Levítico para que un gentil dejara de ser un idólatra activo y pudiera entrar a convivir con la comunidad. No eran el final del camino, sino el punto de partida. La expectativa de los apóstoles, como lo declara claramente el texto, era que estos nuevos creyentes, al integrarse, irían a las sinagogas cada Shabat a seguir escuchando y aprendiendo el resto de la instrucción de Moshéh.
No fuimos injertados en el olivo natural para vivir sin instrucción, sino para que, libres de nuestras antiguas idolatrías, podamos finalmente aprender a hacer Shemá (escuchar y obedecer) a la voz de nuestro Abba Eterno.