
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Elohím; no por obras, para que nadie se gloríe»
Un Concepto No Exclusivo del B’rit Jadasháh
Una de las divisiones teológicas más comunes y desafortunadas en el estudio bíblico es la falsa dicotomía entre la Ley y la Gracia. A lo largo de la historia del cristianismo, se ha usado el término «Antiguo Testamento» para referirse a las Escrituras previas a la venida del Mashíaj. Esta separación ha creado un falso paradigma: la enseñanza común de que el Tanáj trata exclusivamente sobre legalismo, castigo y un Dios severo, mientras que el llamado «Nuevo Testamento» es el inicio exclusivo de la Gracia.
Sin embargo, cuando nos acercamos a las Escrituras desde el contexto histórico y la perspectiva del pueblo de Yisra’el, descubrimos que esta división es artificial.
El Problema: Una Visión Distorsionada del Creador
Enseñar que la gracia comenzó con el B’rit Jadasháh desconecta nuestra fe de su verdadera raíz y distorsiona el carácter inmutable del Eterno. Creer que Él se relacionaba con el hombre mediante un sistema de «salvación por obras» en el pasado, para luego cambiar repentinamente a un sistema de gracia, anula la unidad perfecta de la Palabra. Si Elohím no cambia, Sus atributos de amor y misericordia tampoco lo hacen.
La Raíz: Jén (חֵן) y el Favor Inmerecido
Para comprender la verdad, debemos ir al idioma original. La palabra hebrea para «gracia» o «favor» en el Tanáj es Jén (חֵן). Esta palabra transmite la idea profunda de recibir bondad, misericordia y favor inmerecido por parte de alguien superior hacia un inferior.
Este concepto no fue una novedad teológica introducida en el primer siglo. Mucho antes de que existiera el B’rit Jadasháh, e incluso mucho antes de la entrega de la Toráh en el Sinaí, la Escritura ya revelaba la gracia del Eterno en plena acción. Cuando el mundo antiguo enfrentaba el juicio por su maldad, el texto declara claramente:
«Pero Nóaj halló gracia (Jén) ante los ojos de YHVH» (B’reshit 6:8).
La preservación de la humanidad comenzó con un acto puro de gracia inmerecida.
La Elección de Yisra’el: Basada en la Gracia
La relación de Elohím con Su pueblo siempre ha estado cimentada en la gracia y la elección inmerecida. Cuando el Eterno los redimió de la esclavitud en Mitzrayim, no lo hizo porque ellos hubieran ganado ese derecho con sus obras. Moisés se los recordó en Deuteronomio 7:7-8:
«No por ser ustedes más que todos los pueblos los ha querido YHVH y los ha escogido, pues ustedes eran el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto YHVH los amó, y quiso guardar el juramento que hizo a sus padres…»
El favor (Jén) que Yisra’el recibió no fue el resultado de su obediencia previa, sino la causa absoluta de su redención. La obediencia a los mandamientos —el llamado a hacer Shemá y escuchar atentamente Su voz— siempre fue diseñada para ser la respuesta agradecida de un pueblo que ya había sido salvado por gracia.
El Nuevo Nacimiento: La Gracia Eterna Manifestada
En La Raíz del Olivo, buscamos regresar a esta instrucción original. Hoy, al experimentar el milagro de nacer de nuevo, somos injertados directamente en el pueblo de Yisra’el. Esto no es un reemplazo de la historia bíblica, o del Pueblo de Yisra’el sino la continuidad gloriosa de la misma gracia que ha fluido desde B’reshit.
Como explica el apóstol Sha’ul en su carta a los Efesios, en otro tiempo estábamos «muertos en nuestros delitos y pecados», viviendo «alejados de la ciudadanía de Yisra’el y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo». Sin embargo, fuimos alcanzados y redimidos por un inmenso favor inmerecido:
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Elohím; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9).
Esta redención gratuita tiene un propósito transformador. Al ser injertados en el Olivo Natural, pasamos a ser ciudadanos de Yisra’el y coherederos. Es esta misma gracia la que activa las promesas del B’rit Jadasháh reveladas a través de los profetas, donde el Eterno prometió arrancar nuestro corazón de piedra, darnos un corazón de carne y escribir Su Toráh directamente en nuestra mente y corazón. Yeshúa no vino a inaugurar la gracia como un concepto ajeno a la Toráh, sino a ser la manifestación perfecta y definitiva de ese favor eterno, dándonos la capacidad espiritual (nacer de nuevo) para obedecer y andar en las buenas obras que Él preparó de antemano.
